Tortugas Marinas, el hilo conductor

De la tortuga, al voluntario; del voluntario, a la comunidad; de la comunidad, al mar. El trabajo que Widecast inició con la vista puesta en la protección de las tortuga carey se ha propagado hasta afectar de manera palpable a la vida de toda una región.

Golfo Dulce fue una de las primeras áreas de alimentación de las tortugas marinas verde y carey descubiertas en Costa Rica. Allí decidió Widecast romper el esquema de observación nocturna y salir de día a lanzarse al mar e investigar los ejemplares para conocer su historia (procedencia, evolución, amenazas…). Un proyecto que permitió marcar a varias carey y colocar transmisores satelitales en animales con tamaño para reproducirse. Así, con la tortuga como hilo conductor, la ONG se metió en los manglares. En paralelo, incorporó un programa para el estudio del pasto marino. De pronto, la madeja había crecido por encima de las posibilidades de la organización y de la necesidad de ayuda nació un programa de voluntariado.

Dado que esta iniciativa unía la conservación de los ecosistemas marinos y el bienestar de las comunidades, Conservación Internacional se interesó en apoyar el proyecto. Mediante apoyo técnico y financiero, se dio el empuje necesario para su desarrollo.

El comienzo del programa de voluntariado fue modesto: un grupo de seis familias, y siempre con la mujer como enganche. A los elegidos hubo que convencerlos de que el dinero que iban a ganar tendrían que reinvertirlo en su hogar y no pensar que con esa única fuente de ingresos tendrían sus vidas resueltas. Se les enseñó a formalizar el producto: pagan impuestos, hacen facturas, reservaciones, órdenes de compra, llevan su contabilidad.

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Aquel grupo de pioneros es hoy media docena de prestadores de servicios turísticos, que mueven en torno a los 30 millones de colones al año. Pero mucho más allá de eso, el impacto del proyecto ha alcanzado a gran parte de la comunidad. La ferretería, la pulpería, el botero… Como ejemplo, los tres capitanes de botes que llevan a los voluntarios a hacer su trabajo científico. El proyecto ha crecido exponencialmente también en el número de voluntarios. Hasta 350 personas han llegado de Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Europa o Japón en el último año. “Y mientras hemos logrado establecer un manual de ventas con productos como un tour para ver aves, un baile típico, un taller de artesanía local, caminatas por el bosque… Hasta hay ya un hotel que lleva a sus clientes a participar”, presume Didiher.

Las estancias de voluntariado duran como mínimo una semana para asegurar su impacto financiero en la comunidad. A partir del primer mes, hay un 10% de descuento que asume la organización. “Hemos tenido gente que se ha quedado hasta cinco meses”, apunta su responsable. Para participar, los voluntarios pagan según categoría. En todos los casos, las familias reciben un 60% del dinero desembolsado por sus huéspedes.

¿Y a qué se dedican los voluntarios? Los programas tienen un mínimo de dos días de salida al mar, y además hay trabajo en el vivero de mangle, embolsando, jalando lodo, plantando árboles… También se incluyen otro par de días en el centro de rescate y un día libre por semana. Widecast tiene además un hospital de tortugas, un centro de rehabilitación, y allí el voluntario trabaja en temas médicos con dos veterinarios asociados que acuden a enseñar a los grupos. “A los voluntarios no solamente los educamos sino que intentamos convertirlos en embajadores de la conservación”, señala Didiher. Muchos regresan para optar a una de las tres plazas de asistentes internacionales que reciben alojamiento y comida gratuita.

Con el fin de aprovechar todas las oportunidades que un proyecto como este ofrece, Conservación Internacional también apoyó la investigación de tortugas marinas, la restauración de manglar y la evaluación de los pastos marinos del Golfo Dulce.

La iniciativa ha permitido marcar más de 400 tortugas, sembrar cerca de cinco mil arbolitos de mangle y revitalizar en parte un foco de turismo que atraviesa un pésimo momento. “Hay una caída enorme _explica Didiher_. Por lo menos, para las alternativas comunitarias de turismo rural. Está siendo difícil porque ese modelo funciona en economías como Honduras o Nicaragua, donde la zona rural es más barata, pero en nuestros extremos… En Sixaola, por ejemplo, una bolsa de arroz cuesta dos veces lo que cuesta en San José; Osa es un lugar caro y la gasolina vale 500 o 600 colones más, y para traerla hay que ir hasta Puerto Jiménez o salir hasta la interamericana. A nivel de esas competencias, no tienen los niveles de lucro que tendrían otras comunidades, especialmente en un país tan centralizado, como ocurre con Costa Rica en San José”.

Todo para seguir alimentando el ambicioso proyecto de una ONG con un núcleo duro sorprendentemente reducido, según explica su presidente: “Tenemos una estación rentada. No compramos una porque si le rentamos a alguien una casa esa es la manera en que le ayudamos a la familia. Allí son dos: un muchacho de la comunidad que es el coordinador de logística y una bióloga, la que maneja el bote, prepara las redes, limpia el centro de rescate… junto con los voluntarios. Esa es toda la organización ahí. Aquí en la oficina somos tres. El muchacho que trabaja conmigo en la parte de ciencia; mi hijo, que está estudiando manejo de recursos naturales y es coordinador de voluntarios, y yo”.

¡Cinco! “Tenemos una pirámide invertida de lo que hacen las otras ONGs. Alquilamos una casita en Tibás. No tenemos vehículo propio, es mi carro. Y el personal de campo es el vital, en crisis todo el mundo se va menos la gente de campo, porque es la gente que salva a las tortugas”.

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