Se lleva en la sangre

El invitado que Chepe (Juan José Alvarado) y Cindy (Fernández) llevan a sus expediciones da una idea del enorme compromiso de estos dos biólogos con el proyecto que Conservación Internacional puso en manos del CIMAR. Porque el invitado en cuestión tiene año y medio, se llama Ernesto, y no se ha perdido una sola de las expediciones de sus padres en los arrecifes coralinos de Costa Rica.

Conservación Internacional encontró en esta familia y en el CIMAR al equipo ideal para encomendarle una iniciativa pionera en el país: la exhaustiva evaluación de tres áreas de conservación, que al utilizar una metodología estándar facilita la comparación de los datos obtenidos tanto entre las zonas, como entre países y con los obtenidos en estudios previos.

En esta ocasión el trabajo no se limita a la cobertura coral, sino que profundiza en la diversidad y la biomasa de peces e invertebrados, y en la complejidad del arrecife, la rugosidad.

Esta ambiciosa tarea, que arrancó a finales del 2012, se diseñó para monitorear 25 sitios en el Área de Conservación Osa, 17 en el Área de Conservación Tempisque, y en el Parque Nacional Isla del Coco. Tres de las cinco grandes áreas de conservación del Océano Pacífico.

monitoreo

“El trabajo de campo es cansado”, concede entre risas la pareja de biólogos antes de desgranar su jornada habitual: “En la isla del Coco es más intenso. En el resto, empezamos a las 7 de la mañana. Trabajamos a dos profundidades. Una de cuatro a siete metros y otra de ocho a doce. Nos dividimos en dos grupos de cuatro buzos y cada equipo trabaja en una profundidad”.

El proceso es idéntico para ambos equipos: “Primero baja un buzo que tira una cinta métrica de cincuenta metros de largo y baja contando los peces y midiéndolos. Ya tenemos el ojo entrenado para medir tallas. Eso nos permite conocer abundancia, talla y diversidad en cada área. De ahí sale la biomasa”. La faena continúa: “El segundo buzo baja con un marco de PVC de un metro cuadrado, el cual esta dividido en rejillas. Va midiendo el fondo, la cobertura coralina y sus diferentes categorías”. El tercero entra en juego: “Va contando los macroinvertebrados: erizos de mar, pepinos de mar, ostras, cangrejos grandes, langostas…” ¿Y el cuarto? “El último buzo va recolectando especímenes y toma fotografías”. Pero aún hay más: “El que iba de primero regresa al punto de inicio y coloca una cadena de acero de diez metros de largo, con eslabones de menos de un centímetro bordeando el arrecife. Esto nos va a permitir conocer la rugosidad”. El proceso completo dura entre hora y hora y media antes del traslado al siguiente punto. En total, son tres o cuatro buceos por día.

Para completar el equipo, y teniendo en cuenta que Ernesto es demasiado joven como para ocuparse de algo más que de familiaentretener a la tripulación, Chepe y Cindy recurrieron a un grupo de estudiantes (17 en total) convertidos ya en auténticos expertos en monitoreo biológico bajo el agua, gracias a tanto tiempo de trabajo realizado. “La salida de Osa son 15 días. Trabajamos cinco, y uno y medio de descanso. La ventaja ahí es que estamos trabajando a poca profundidad -relatan los biólogos-. Pero aún así, acumulamos mucho nitrógeno y acabamos muy cansados. Las de ACT son de una semana o diez días. Ahí trabajamos por secciones (una sería Curú, Islas Tortuga y Malpaís; otra, Sámara, Coyote, Carrillo y San Juanillo). En ACOSA le damos la vuelta al área de conservación. En el PN isla del Coco, las expediciones son de diez días. Dos de ida, uno y medio de regreso, y el resto, trabajo”. En total se ha visitado dos veces cada área de conservación, con interrupciones obligadas en la época de lluvias por la falta de visibilidad.

Solo dos estudiantes han participado en todas las giras, el resto ha ido rotando y perfeccionándose gracias a que los fondos de Conservación Internacional han permitido entrenar a los científicos y los candidatos. Nada que ver con el primer día de proyecto: “Tardaban mucho en echarse al agua, perdían cosas… Se notaba la falta de experiencia. Ahora van perfecto, súper sincronizados. Los entrenamos nosotros y un colega mexicano que es buzo científico y también participó en el proyecto. Les dimos cursos en playa del Coco, en las piscinas de la U… La capacidad de formación ha sido enorme”.

La ambición del estudio se ha traducido en un éxito absoluto. Es la primera vez que se lleva a cabo un trabajo de esta dimensión en el país. Se había hecho mucho hasta la fecha, pero nada que unifique peces, corales, invertebrados y rugosidad en tres áreas de conservación. “El proyecto buscaba, primero, levantar línea base: definir cómo está cada lugar. Algo que faltaba en muchos sitios. Después, comparar la información obtenida ahora con la que hay reportada de trabajos en otras épocas. A partir de ahí, poder decir si las estrategias de conservación están funcionando y definir nuevas propuestas para los lugares que no se habían monitoreado antes.“

La iniciativa de Conservación Internacional fue una especie de regalo para esta pareja de biólogos marinos que aman su trabajo y todo lo relacionado con el mar desde bien pequeños. Cindy recuerda que su padre le regaló a los ocho años su primer snorkel y su mascarilla. Chepe, las patas de rana con las que se metía en el agua desde que cumplió los cinco. Ernesto ya les lleva una enorme ventaja.

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