De estudiante a científico

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Escrito por Andrés Beita-Jiménez

Desde un aula en San José, un profesor nos explica lo importantes que son los arrecifes de coral. Él hace su mejor esfuerzo  por transmitirnos lo que sabe, nos pone ejemplos de la teoría generada en Australia, Estados Unidos o Europa y de los avances que ha hecho Costa Rica en esta materia, y lo que es aún mejor, nos cuenta historias de sus experiencias en diferentes arrecifes del mundo. Algunos estudiantes, los que soñamos con algún día ser buenos biólogos marinos, quedamos fascinados con tan interesantes sistemas, añorando poder entenderlos de la manera que lo hace el profesor. El problema es que estamos lejos del mar, yo no me topo un coral de manera tan fácil como me encuentro con un árbol, mucho de lo que ese día aprendimos estaba destinado a ser olvidado.

Hace tres años, aquel mismo profesor me ofreció ser su asistente en un proyecto de arrecifes de coral. Estaban montando un programa de monitoreo conjunto entre el Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (CIMAR) de la UCR y Conservación Internacional, una gran oportunidad para mí. ¡Por fin llegó mi primera salida al campo!

Recorrimos varios arrecifes en Osa, yo no era muy buen buzo, me asustaba fácilmente con el oleaje, la corriente o cuando el agua no estaba muy clara. Mi trabajo era identificar, contar y medir peces bajo el agua, mis datos estaban llenos de dibujos de peces que no era capaz de identificar. Pero poco a poco fui aprendiendo, y empecé a ser de esas personas que ya no limitan su conocimiento a lo que leyeron en un libro o a lo que aprendieron en un curso, ahora era un estudiante que conocía los peces  y había experimentado los arrecifes coralinos.

En medio de ese proceso de crecimiento se me cumplió el sueño de todo estudiante de biología marina, quizá de todo costarricense, me invitaron a ir a la Isla del Coco. De un momento a otro, aun sin creérmelo, estaba buceando en un paraíso, rodeado de arrecifes coloridos, nadando con tantos tiburones como si fueran palomas en la plaza de la cultura. Lo mejor de todo es que estaba con científicos reconocidos, de igual a igual tomando datos como si yo fuera uno de ellos. Era abrumador tratar de contar tantos peces, era difícil no distraerse  con esa emoción nerviosa que se siente cuando un tiburón tigre pasa cerca, pero era también halagador que se me confiara un trabajo tan importante.

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Hoy vengo llegando de mi tercera expedición a la Isla del Coco, he aprendido a identificar, contar y medir peces, pero al final eso termina siendo lo de menos. En conjunto con un grupo de compañeros, profesores y colegas hemos publicado tres artículos científicos en el marco de este proyecto de monitoreo, con lo cual aportamos al conocimiento y conservación del mar. Acompañado de los mejores instructores, he logrado bucear en condiciones difíciles con confianza y tranquilidad. Hoy entiendo mejor cómo funciona el mar, sus corrientes, los arrecifes coralinos, he estado lo suficientemente cerca de un gran tiburón y lo he visto en su ambiente natural como para entender por qué son importantes. He crecido de un estudiante inseguro a un científico que sabe que su trabajo es valioso.

La biología no se aprende en las aulas, las oportunidades que como estudiante me han dado son las que hoy me dan confianza y conocimiento, he aprendido de los mejores en los mejores lugares. Hoy recuerdo aquellas primeras clases de arrecifes coralinos, ahora he vivido algunas de las fascinantes historias de mi profesor, ahora lo que he aprendido está destinado a quedarse en mi mente por mucho tiempo. Hoy  yo también puedo aportar con mi experiencia y mi propio criterio, hoy estoy más encaminado a ser aquel buen biólogo marino que sueño llegar a ser.